No me gustan los sermones… O propósito para un nuevo año

 el Crecimiento, Crianza respetuosa, Maternidad, Navidad

Pasada la vorágine del parón navideño (ojo contradicción), en casa seguimos retomando la famosa rutina. Recién ahora sentimos que empezamos a coger el ritmo. Haber pasado más horas con los hijos, la pareja, los amigos y el resto de la familia (abuelos, tíos, primos, etc.) ha supuesto más roces, de los buenos y de los no tan buenos. Un sinfín de situaciones, emociones, ruidos y palabras.

De vuelta a la rutina, me he dado cuenta de cuánto valor tiene el silencio. Para conectar con ello, en casa he puesto menos música, he encendido menos la radio y, sobretodo, he intentado hablar menos. Y es que cuando hablo menos, hablo mejor, pienso más, observo más y hiero menos. Cuando hablo menos, me siento mejor  y hago sentir mejor a los demás.

En mi repaso post navidad he descubierto que tengo el sermón en la boca. Detesto que me sermoneen, pero resulta que el sermón ocupa mucha parte de mi discurso. Curioso, ¿no? Me he visto a mí misma y no me he gustado nada. Me ha dolido ver cómo a menudo hablo a mis hijos sin escuchar, sin darles tiempo ni siquiera a quejarse o simplemente a dar su opinión. Sí, doy sermones en toda regla. ¡Qué horror! Doy sermones, yo que los odio y que creo que crío desde el respeto en mayúsculas. En ese momento lo más importante es lo que YO tengo que decir. Y mientras hablo y hablo y hablo y, por cierto, no respiro, mis hijos dejan de escucharme. Y dejo de pensar, y me dejo llevar por las palabras y por la supuesta razón que tengo. Y cuando al fin acabo, no queda nada.

Además, cuando el sermón sale de mi boca es para “educar” a mis hijos y “lograr corregir” todo aquello que acaban de hacer “mal”. Toma ya… Y así es como todo un discurso pedagógico se derrama a borbotones. Y aquello “tan malo” que activa y justifica el sermón depende del día, de mi cansancio, de mi estado de ánimo, depende de quién esté delante (uffff…) y de un sinfín de factores más. Es decir, lo que hacen “mal” es a menudo bastante arbitrario. Y, para rematarlo, mi sermón normalmente no se centra en las emociones ni lo que nos ha llevado a actuar así, sino principalmente en las acciones, lo que hacemos y lo que no, y punto.

Así que hablar menos me va bien, nos va bien. Y se ha convertido en mi propósito a corto, medio y largo plazo: promover el silencio, ahorrar en palabras, y poder descubrir otros modos de comunicarme, comunicarnos. Cuando veo que por mi garganta empieza a escalar un S-E-R-M-O-N que está a punto de llenar mi boca y cegar mis ojos, intento respirar. A veces consigo que se calme, me callo, y más tarde encuentro nuevas vías. Otras no, otras el torrente se desborda. Pero seguiré en mi empeño.

¿Y tú, qué propósito tienes para este nuevo año?

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