Mañana lo haré mejor…

 el Crecimiento, Crianza respetuosa, Maternidad

Durante los años de crianza, ¿cuántas veces os habéis dicho a vosotras mismas “Mañana lo haré mejor”? Yo cientos de miles, ayer mismo por la noche por ejemplo, al meterme en la cama, con los niños ya dormidos, bien cerquita, mi cabeza un poquito más fría y las imágenes del día destellando por mi mente y dando punzadas en mi corazón.

Pero ¿qué hay detrás de esas palabras?  Seguramente para cada una se esconden cosas distintas. Se me ocurre que quizá en algunos momentos las palabras surgen después de un análisis en frío de cómo hemos gestionado ciertas situaciones con nuestros pequeños y de ver claramente qué camino debemos tomar la próxima vez. En otros momentos tal vez es sólo una manera de, agotadas, poder cerrar los ojos y dormir, y de evitar así que nos siga doliendo el alma al recordar aquel grito, aquella poca empatía, o la incapacidad de ponernos en nuestro lugar de adulta ante nuestros hijos y verlos de verdad, con sus 20 meses, con sus 6 añitos o con sus 13 primaveras.

Lo ideal sería que detrás de ello se escondiera una capacidad de mirarnos amablemente, de reconocer nuestras limitaciones, y de querer a la mamá que somos. Quizá desde este lugar, seríamos capaces de vernos también a nosotras con nuestros treintaymuchos o cuarentaytantos. Podríamos ver nuestro agotamiento y buscar maneras de reducirlo aunque fuera un 2%. Podríamos vislumbrar nuestras obsesiones y expectativas más absurdas respecto a lo que un niño de cierta edad debe hacer (cada uno sabe o sabrá las suyas) para entender que no tienen nada que ver con ellos y poder así reducir la presión que les cae encima. Podríamos ver también nuestras fortalezas, y también surgirían en nuestras improntas del día los momentos de risa, los recuerdos de los abrazos, y los ratos en que hemos podido acompañar a nuestros niños en sus dificultades o frustraciones con cierta soltura, confianza y serenidad. Nos libraríamos de la losa de la culpa, del sentir que hacemos las cosas “mal”, nos libraríamos del juicio ajeno, del pensar constantemente (en una idealización del resto de madres y familias) que las otras lo habrían hecho mejor, sin buscar desesperadamente qué dice tal o tal autora sobre estas situaciones y lo que “debe hacerse o no” para ser, supuestamente, una “buena madre”.

Si esto pasara, convertiríamos la culpa en responsabilidad, no necesitaríamos más juicio que el propio, más mirada que la nuestra, seguramente no necesitaríamos más frases como las que titulan este post. Este, en mi caso, es un camino que inicié hace algún tiempo pero por el que me cuesta bemoles andar. Hace falta aceptar nuestros delirios y agobios, convivir con nuestras mil y una fisuras, deshacernos de las banderas de una crianza u otra para encontrar la propia,  asumir que no lo vamos a hacer siempre bien, buscar las respuestas en nosotras mismas… ¡Casi nada!

Y llegados a este punto, hace falta saber que incluso en este nuevo camino de aceptación y amor propio, tendremos mil baches, pero que, como me dijeron sabiamente una vez, nuestros hijos no necesitan una mamá perfecta, sino una mamá real, que se equivoca, se cae y se levanta, que crece y aprende. En realidad, en contra del pensamiento común de que los hijos nos roban la vida, si nos dejamos lo suficiente nos brindan la oportunidad de despertar de nuevo a la vida, y de regresar, junto a ellos, a nosotras mismas.

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